domingo, 30 de noviembre de 2008

Camila, melera y melosa




Camila, melera y melosa




Y al principio fue la miel. Eso era lo que me decía la afable Camila ; para ella no fue con la manzana con lo que Eva tentó al goloso de Adán, sino con otra clase de fruto previamente untado con tan viscosa y azucarada materia. ¡Y bien que se refociló el muy perillán! Camila descendía de una acreditada y sólida familia de meleros que tenían a gala el haber sido, y ser, proveedores de las casas reales europeas.
Para esta mujer con tan dulce oficio, era la miel algo así como la panacea para todos los males; como antibiótico era eficaz contra el tifus y la fiebre tifoidea, además de hacer descender las cifras de colesterol en la sangre y ayudar a los niños y ancianos por sus contenidos en vitaminas A, B, C y D y ser pródiga en calcio, hierro, cobre y manganeso. Lección científica que yo escuchaba con deferencia mientras Camila pasaba por mis labios sus resbaladizos dedos rebosantes de néctar.
Aprendí de la boca de la mujer a diferenciar la miel húngara de acacia, la francesa de brezo, las levantinas de flor de azahar y las de ajedrea de La Alcarria. Mis días transcurrían entre la viscosidad rojiza de la miel de alforfón canadiense y la voluptuosidad de una rara miel que Vatsyayana, autor del “Kama Sutra”, mezclaba con huevecillos de gorrión, arroz y leche para que los personajes de su obra estimularan su libido e intensificaran su potencia sexual.
Sentíame yo como un dios de la antigüedad clásica dispuesto, como el mejor de los libertinos, a dar licencia a mis instintos lujuriosos y caer en el mayor de los desenfrenos o por lo menos a emular a Hipócrates y llegar a los 109 años gracias a la miel y el vino.
Pasé unos días con Camila en los que me sentí como en la bíblica Tierra Prometida en la que corrían la miel y la leche. Durante ese tiempo no sólo subsistí de miel pura sino que la abuela de mi anfitriona, mujer de buena mano para los fogones, la añadía en salsas y estofados. Recuerdo una dorada salsa de miel de romero que magnificó un asado de tierno cabrito y un jamón de las francesas Landas que la vieja untaba con miel de castaño. Pasé unos días con Camila en los que me sentí como en la bíblica Tierra Prometida en la que corrían la miel y la leche. Durante ese tiempo no sólo subsistí de miel pura sino que la abuela de mi anfitriona, mujer de buena mano para los fogones, la añadía en salsas y estofados. Recuerdo una dorada salsa de miel de romero que magnificó un asado de tierno cabrito y un jamón de las francesas Landas que la vieja untaba con miel de castaño.






Manuel Julbe
A fuego lento
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3 comentarios:

carmensabes dijo...

Tienes un regalo en mi blog, felicidades!!!

besazos guapa

Abriles dijo...

No me va mucho la miel pero así descrita...ñam, ñam, ñam...¡da hambre! ;-)

Anónimo dijo...

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