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martes, 5 de enero de 2010

A la sombra de las muchachas en flor

Imagen: Henri Gervex



A la sombra de las muchachas en flor
(fragmento)



A aquel restaurante solían ir no sólo demi-mondaines, sino también gente de la más elegante sociedad, que iban a merendar a las cinco o que daban allí comidas. Las mesas de merienda estaban colocadas en una larga galería cerrada con vidrieras, estrecha en forma de pasillo, que ponía en comunicación el vestíbulo con el comedor; por un lado daba dicha galería a la jardín, del que estaba separada únicamente por unas cuantas columnas y por las vidrieras, algunas de ellas abiertas. De esta disposición resultaba que allí siempre había corrientes de aire, bruscas e intermitentes oleadas de sol, y una claridad tan cegadora que casi no se veía a las señoras que estaban merendando; de modo que las damiselas se apilaban de dos en dos mesas a lo largo del estrecho gollete, y como hacían visos a cada uno de sus ademanes para tomar el té o al saludarse unas a otras, la galería venía a asemejarse a un vivero de peces o a una nasa donde el pescador junta muchos pececillos que asoman la cabeza casi fuera del agua, y que bañados por el sol relucen con cambiantes reflejos.

Unas horas después, durante la cena, que se servía, claro es, en el comedor, se encendían ya las luces, aunque fuera aún había claridad, de suerte que en el jardín veía uno, junto a los pabellones iluminados por la luz crepuscular y que parecían pálidos espectros nocturnos, alamedas de glauco follaje atravesadas por los últimos rayos solares, y que vistas desde el iluminado comedor parecían, allí detrás de los cristales -no como las damas de la merienda en el pasillo azul y oro, peces dentro de una red húmeda y chispeante-, vegetaciones de un gigantesco acuario, verde pálido, alumbradas con una luz sobrenatural. Levantábase la gente de las mesas: los ivitados, durante la cena se entretuvieron en mirar a los de la mesa de al lado, en preguntar quiénes eran, en reconocerlos, y estaban muy bien sujetos con perfecta cohesión allí alrededor de su mesa; pero la fuerza de atracción que los hacía gravitar en torno a su anfitrión de aquella noche perdía mucha potencia a la hora del café, que se servía en la misma galería de merendar; solía ocurrir que en el momento en que toda una mesa de invitados pasaba del comedor al pasillo, alguno o algunos de sus corpúsculos la abandonaban porque habían sufrido la fuerte atracción de la mesa de enfrente, y se desprendían de su grupo, en el que venían a sustituírlos damas y caballeros de la cena rival, que se acercaban a saludar a unos amigos y se iban en seguida, diciendo, "Bueno, me marcho a buscar al señor X., es mi anfitrión de esta noche." Y por un momento se podía pensar en dos ramilletes distintos que cambiaban entre sí algunas de sus flores. Luego la galería se quedaba también desierta. A veces, como aún no había luz, aun después de terminada la cena el largo corredor se dejaba sin encender, y parecía, con aquellos árboles que se inclinaban al otro lado de las vidrieras, la alameda de un jardín frondoso y oscuro. Y alguna vez, entre sus sombras, quedaba, sentada en la mesa una dama rezagada




Marcel Proust
En busca del tiempo perdido

martes, 21 de octubre de 2008

Imagen J M Luke



Por el camino de Swann

(fragmento)



Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no, pero luego, sin saber por qué, me desdije.
Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más, que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar a captarla, aparto de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero siento que se me cansa el alma sin lograr nada.
No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez. Quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche.Y de pronto un recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdelena que mi tía Leoncia me ofrecía,cuando iba a darle los buenos días a su cuarto.En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdelena mojado en tila que mi tía me daba ,la vieja casa gris con fachada a la calle,la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo aparecieron ante mí como en ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel informes, y que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes ...
Todo, las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas , el parque del señor Swan y sus nenúfares, la iglesia , Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, tomando forma y consistencia, comenzó a salir de mi taza de té.




Marcel Proust

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