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domingo, 13 de diciembre de 2009

El huevo


El huevo


Mucha gente se asombra de que en la comida de los aviones le toque siempre la parte central del huevo duro. No saben que esa loncha procede de un huevo artificial, con forma de chorizo, donde no hay más que rodajas centrales, para que las bandejas sean idénticas. Es lo que pasa también con las series de televisión terminadas en boda: no es por amor ni nada de eso, sino por la existencia de un molde previo, de una realidad con una forma predeterminada que, la cortes por donde la cortes, proporciona al consumidor rajas centrales de huevo duro o matrimonios felices, depende de que esté sentado en la cabina de un avión con destino a Santo Domingo o en el sofá de su casa alienándose concienzudamente con el mismo espíritu con el que otros viajan al Caribe.

Muchos jóvenes creen que no encuentran trabajo por mala suerte, o porque no madrugan, pero tampoco es por eso, sino porque el paro está prefabricado, como la desesperación o la comida rápida. No hay nada personal en esa regulación de empleo que le ha puesto a usted en la calle con 50 años y cuatro hijos en edad de comer, ni en esa pesadilla de la que se ha despertado sudando, con el corazón en la garganta. El desasosiego es también un producto de catering, como los discursos de fin de año. Si se fija, verá que viene envasado al vacío, para que dure más y esté libre de gérmenes. No es un desasosiego verdadero, en fin, de ahí que le toque a usted siempre la parte del centro, como a mí mismo, qué le vamos a hacer.
Todo está atado y bien atado, así que no había ninguna posibilidad de que esos personajes de la tele permanecieran célibes. En cualquier caso, conviene saber que los huevos de gallina auténticos y el amor sin enlatar tienen una forma distinta. A ver si un día tropezamos con los de verdad y nos parecen defectuosos.




Juan José Millás
Articuentos

jueves, 8 de octubre de 2009

Pollo asado



Pollo asado



Recuerdo, como si hubiera sido ayer, la primera vez que vi un pollo asado: estaba dando vueltas en un asador, junto a otros compañeros de infortunio, y supe que se trataba de eso, de un pollo asado, porque lo había visto dibujado mil veces en las historietas de Carpanta.

Carpanta era un hambriento de tebeo que vivía debajo de un puente y que siempre soñaba con pollos asados. Su creador, José Escobar, acaba de morir sin conocer seguramente la influencia que en la imaginería de toda una generación tuvieron sus pollos asados.

El pollo asado pasó del tebeo a la realidad gracias a los piensos compuestos. Hasta entonces había sido una comida de ricos, porque sacar un buen pollo adelante era tan caro como proporcionar una carrera universitaria a los hijos. O sea, que lo que yo conocí, más que un pollo propiamente dicho, fue la bisutería del pollo. Con los piensos compuestos alcanzaban la adolescencia en quince o veinte días, pero no sabían igual que los que crecían lentamente; eso decía mi padre, pero yo no puedo dar fe de ello porque nunca me llevé a la boca un pollo de crecimiento lento. Para mí lo importante es que se parecieran a los que soñaba Carpanta, y tengo que reconocer que estaban calcados. Sin embargo, no todo fue felicidad con la popularización del pollo asado, porque no nos podíamos comer la piel, que era lo que más me gustaba, ya que -según mi padre también- en la piel se depositaban las hormonas que engordaban a estos bichos. Por lo visto, si te comías la piel, te crecían las tetas. Pasé la mitad de mi adolescencia bajo el terror de que me crecieran las tetas por culpa de esta afición mía a la piel churruscada del pollo. Qué vida.

La noticia del fallecimiento de José Escobar me ha traído a la memoria recuerdos sorprendentes. No sabemos de qué manera nos determinan las imágenes de la infancia. Yo acabo de entender por qué, cuando salgo del baño, todavía me miro los pechos con temor: porque no he perdido la afición a la piel.




Juan José Millás
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