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jueves, 12 de marzo de 2009

Morea , piel de colores

Imagen: Helena Nelson




Morea , piel de colores



Tenía todo el cuerpo tatuado, pero sus tatuajes no tenían nada que ver con los que se hacen en cualquier taller de Amsterdam o de Malibú. En la piel de Morea se encontraba reflejada toda la historia de la culinaria, desde el Renacimiento hasta nuestros días . Y todo por el capricho de sus madre, Madame Ninette, hija del ebajador francés itinerante, a la que encantaba la cocina. La señora se enamoró perdidamente de un tatuador de las Islas Salóm , al que convenció para que la epidermis de la chica fuera además de un reclamo de la habilidad del padre, un compendio gráfico del arte de los fogones.

Lo interesante del caso es que , a medida que fue creciendo, Morea asumió su colorido cuerpo hasta el punto de que , tras aprender las mañas de su progenitor, ella misma fue tatuándose las partes del cuerpo que le quedaban libres con las recientes creaciones de los grandes cocineros. De Bocuse llevaba con orgullo en el lóbulo de su oreja izquierda la representación de la famosa "Sopa Elyseé", mientras que en el otro, con vívidos colores, resaltaba un pastel de verduras de Luis Irízar. Un diminuto plato de erizos gratinados se posaba en la yema del pulgar de su mano izquierda, mientras que en el resto se representaba una cascada de langostinos; un panal de miel de mazapán, con abejas cuyas alas eran de almendras, y una lira de azúcar rosado con las cuerdas de hilo de caramelo que había creado Carême, se mostraban en la palma de la mano.

Morea se ganaba la vida exibiéndose en los más famosos museos de arte contemporáneo, y admitiendo las firmas de los cocineros que querían representar sus últimas creaciones en el cuerpo de la muchacha.

Una noche, tras haberle grabado en un tobillo una esplendorosa gallina de Bresse en vejiga, de Jacques PIc, que el francés nos sirvió en su restaurante de Valence, Morea se empeñó en que participase en un banquete imaginario admirando sus más secretos tatuajes. Ante mis anhelantes ojos aparecieon dos enormes y magníficas serpientes de mazapán con sus frutas escarchadas que rodeaban sus turgentes pechos, y cuyas cascabeleras colas culminaban en el rojo cereza de sus pezones; el ombligo era la guinda cardenalicia de una tarta glaseada al ron, y un palmo más abajo, una bandeja de húmedas ostras rezumaba gotas de un salino líquido elemento que se perdían en su monte de Venus.

No sé si fue debido a la gallina de Bresse o a los cromáticos tatuajes de Morea, pero les aseguro que aquella noche tuve pesadillas.



Manuel Julbe
De sabores y amores

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miércoles, 21 de enero de 2009

Lucrecia y todas las hierbas




Lucrecia y todas las hierbas



A Lucrecia la parió su madre entre un saco de laurel y otro de menta fresca ; la mujer rompió aguas mientras le despachaba a doña Aurelia, la mujer de Niceto el taxista, cien gramos de menta y tomillo que mezclados con hojas frescas de col, hojas y flores de botón de oro y hojas frescas de celidonia, le calmaban al hombre la fuerte ciática que padecía.
Total, que con la ayuda de doña Aurelia y Carlitos, el chico de los recados, la señora Paca parió en un santiamén una criatura hermosa, rolliza y morena cuyas lágrimas del primer llanto despredían el aroma a pimienta característico de la ajedrea.
A medida que crecía Lucrecia iba segregando esencias; su pelo, negro y brillante, olía a albahaca de la India oriental. Sus corvas rezumaban el penetrante aroma del orégano mexicano y sus piececitos, el suave perfume de la salvia dalmática. Su tía Domitila, mujer romántica y ávida lectora de las novelas de Corín Tellado, aseguraba que los orines de la criatura desprendían la fragancia exótica de la melisa vietnamita y el tío Ramón, juerguista y mujeriego, soltaba alguna que otra lágrima recordando a una novia de Cuenca que sabía y olía al aroma dulzón de la flor de saúco.
Con dieciocho años Lucrecia era todo un herbolario; en ella convivían los penetrantes aromas de un bosque salvaje y los frescos efluvios del más cuidado de los jardines. Las esencias que desprendía su cuerpo cambiaban según su estado de ánimo; si gozosa, olía a flor de naranjo dulce y el aroma amargo y acre de las mirabeles se manifestaba cuando la tristeza envolvía su alma.
La madre se apercibió del primer enamoramiento de la muchacha cuando inundó la casa de olor a violetas.
Lucrecia quedó prendada de un flacucho estudiante de farmacia que le olía con avidez las axilas para poder preparar mejunjes y ungüentos, al parecer afrodisíacos, que vendía a sus compañeros de clase augurándoles rotundos éxitos amatorios.
La vida cambió para Lucrecia el día en que su padre trajo a la botica a un remilgado francés, perfumista de profesión. El galo, bajo la estricta vigilancia de la madre, empezó a oler aquellas partes del cuerpo de la muchacha que doña Paca consideraba que no menoscabarían la honra familiar; el dictamen del experto fue rotundo, la chica era una mina de oro.
Cargadas de maletas viajaron a París madre e hija en donde el francés había preparado, previo pago de un buena suma de francos, una sesión con los miembros más importantes del Colegio de Perfumistas de Francia; allí estaban los artífices de los perfumes más afamados del mundo. En los rostros de los fisgones olfativos se plasmaba la incredulidad y la sorpresa mientras que doña Paca se las veía y se las deseaba para impedir que los apéndices de tan dignos varones escudriñaran en demasía la virginal epidermis de su hija.
Tras pasar por diversos estados de ánimo, Lucrecia segregó efluvios de hinojo marino, galabardera, bergamota silvestre y un sinfín de aromas que inundaron el salón y embriagaron a los presentes.
Hoy en día Lucrecia vende a precio de oro sus lágrimas y sus exudaciones a una multinacional que suministra alegrías o tristezas a gusto del consumidor.
Lo triste es que doña Paca no llegó a oler el perfume a lima caribeña que desprendía su nietecito.




Manuel Julbe
A fuego lento


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miércoles, 7 de enero de 2009

Adelaida, más buena que el pan





Adelaida, más buena que el pan




Compartimos durante algún tiempo el pan y la sal, sobre todo el pan.

Fue Adelaida una niña precoz, tan precoz que a los cinco años ya andaba por los pasillos de su casa recitando el Quijote, la lista de los reyes godos y no sé cuantas cosas más. Toda la familia estaba orgullosa de la niña, pero quien se ocupó de ella fue su tío Selenio, hombre culto, conocedor con detenimiento de los clásicos griegos y latinos y director de una academia. El hombre la guió en sus lecturas, le dio clases de lenguas muertas y consiguió convertirla en una virtuosa del piano.
Con todo este bagaje no tardó la muchacha en licenciarse en Etnología y Antropología, en Filosofía y en Ciencias Políticas, especialidad ésta con la que cautivó a uno de los líderes políticos de la transición española que llegó a proponerla como ministra de Asuntos Exteriores de su flamante gobierno. Punto éste que nunca quiso confesarme Adelaida muy a pesar de mis insistencias.
Algo más que un rifirrafe debió suceder entre la muchacha y el hombre público para que ella lo dejara todo y se dedicase al pan. Malas lenguas afirman que el político... Bueno, bueno, dejemos eso y a lo nuestro.
Sí, sí, no se extrañen ustedes, ya que Adelaida gustaba del pan más que de otra cosa. Con sus conocimientos científicos y partiendo de la idea que el pan era la máxima expresión de la civilización, la mujer se dedicó a catalogar los diferentes panes de España y sobre todo a elaborarlos.
Durante nuestra pequeña convivencia me convertí en cobaya de las masas que Adelaida horneaba en una pequeña tahona que hizo construir en el garaje de su chalé. La panadera me atiborraba de pan de Calamocha, que en Cariñena llaman tercero y de retorcido, de Pamplona; me atiborré de la vasca borona y de mollafas de Jaén; engullí, no sin algún reparo, enormes cantidades del cordobés pan de cantos y del carnavalesco pan de papas canario. A mí los que más me alegraban el cuerpo eran los asturianos bollos preñaos y la rapa, por lo menos tenían chorizo y tocino en sus entrañas.


Les juro que me costó dejarla; enterado que al día siguiente tocaban lechuguinos de Valladolid y pan de campo de Mallorca, y que no sólo de pan vive el hombre, con nocturnidad y alevosía me fui a comprar tabaco y hasta hoy. Lástima, porque Adelaida estaba más buena que el pan. Pero todo tiene un límite, ¿ no creen ustedes?



Manuel Julbe
De sabores y amores
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domingo, 14 de diciembre de 2008

Giovanna y los sudores





Giovanna y los sudores


Media docena de narices recorrían su cuerpo escudriñando hasta en los más secretos pliegues; narices romas aleteaban entre sus axilas, otras, más afiladas, deslizaban sus vértices hasta sus ingles para subir luego hacia el ombligo y pararse en un frenético aleteo. Giovanna se sometía, dos sesiones diarias, a los apéndices nasales de expertos perfumistas que se esforzaban por encontrar los secretos de las más ignotas esencias que emanaban de su cuerpo tras haber ingerido cualquier alimento, ya crudo, ya cocinado.
Eminentes astrólogos atribuían tales emanaciones a que la muchacha naciera en noche de nieblas primaverales como fruto de la coyunda entre un portugués, fabricante de barricas de Oporto, y una gitana que se teñía el pelo con pimentón de Hungría; apenas la criatura emitió sus primeros berridos, el aire olía a miel de acacia y un gato egipcio lamió las patas de la cama. Quizá fuera, según anunció Fredo Chilosá, sobresaliente nigromante chipriota, por el capón trufado y las copas de Tokay con lo que se regodearon sus progenitores antes del fornicio.
La cuestión es que sus traspiraciones, abundantes y coloreadas, llamaron la atención de don Abdón, el cura de la parroquia, quien olió el aroma del pan con el que se nutren los querubines, durante el pase de un rosario al que era muy dada la gitana madre de Giovanna; la niña, que durante el oficio se sentaba en un reclinatorio que perteneciera a uno de los Sforza, empezó a segregar un líquido ebúrneo que se deslizaba, en finas gotas, por sus sonrosadas mejillas a las que se abalanzó el clérigo aplicando con fruición su rojiza protuberancia facial, avezada a los dulzones aromas de los vinos de Tarragona. El sacerdote entró en éxtasis y el suceso llegó a Roma. A partir de entonces los mayores husmeadores del Vaticano se dedicaron al cuidado y manutención de aquella niña que desprendía, cual tarro de esencias, aromas divinos, según palabras de maese Pierre d’Albí, alquimista y suministrador de sahumerios de la Curia Romana.
Observaron los perfumeros que si Giovanna comía pasta de hígado de las más cuidadas ocas de las Landas extendidas en pan de trigo toscano, y bendecido por el Santo Padre, sus secreciones acuosas olían, tras las orejas, a tomillo y mirra y a heno recién cortado, entre sus incipientes pechos, si las acompañaba con una copita de moscatel de Alicante; los santiaguiños cocidos con laurel y los vinos blancos de las brumosas tierras miñotas del Marqués de Vizhoja, se convertían, en los pliegues de sus rodillas, en un líquido con reflejos azulados que recordaba los aromas del hinojo marino mediterráneo, antes de florecer.
Todos esos líquidos eran recogidos, con sumos miramientos, en ricos pebeteros de oro con incrustaciones de piedras preciosas y guardados por los incansables olfateadores en la cámara acorazada, contigua a las salas secretas del Museo Vaticano. De allí salieron las fragancias que utilizaron las grandes amantes de la historia; la diablesa Matilde, protagonista de la novela “El monje”, de M. G. Lewis, que sedujo a un abate, disfrazada de novicia, esparciendo por sus pechos un ungüento en el que se diluyeron dos gotas del sudor que se produjo en la ingle de Giovanna tras haber mordido un muslo de pato lacado con clavo de las Molucas o la Carmen de Merimé y tantas otras.
Uno de mis ancestros pudo oler a Giovanna; bueno, no la olió, aquel aciago día la muchacha ayunó.





Manuel Julbe
A fuego lento

domingo, 30 de noviembre de 2008

Camila, melera y melosa




Camila, melera y melosa




Y al principio fue la miel. Eso era lo que me decía la afable Camila ; para ella no fue con la manzana con lo que Eva tentó al goloso de Adán, sino con otra clase de fruto previamente untado con tan viscosa y azucarada materia. ¡Y bien que se refociló el muy perillán! Camila descendía de una acreditada y sólida familia de meleros que tenían a gala el haber sido, y ser, proveedores de las casas reales europeas.
Para esta mujer con tan dulce oficio, era la miel algo así como la panacea para todos los males; como antibiótico era eficaz contra el tifus y la fiebre tifoidea, además de hacer descender las cifras de colesterol en la sangre y ayudar a los niños y ancianos por sus contenidos en vitaminas A, B, C y D y ser pródiga en calcio, hierro, cobre y manganeso. Lección científica que yo escuchaba con deferencia mientras Camila pasaba por mis labios sus resbaladizos dedos rebosantes de néctar.
Aprendí de la boca de la mujer a diferenciar la miel húngara de acacia, la francesa de brezo, las levantinas de flor de azahar y las de ajedrea de La Alcarria. Mis días transcurrían entre la viscosidad rojiza de la miel de alforfón canadiense y la voluptuosidad de una rara miel que Vatsyayana, autor del “Kama Sutra”, mezclaba con huevecillos de gorrión, arroz y leche para que los personajes de su obra estimularan su libido e intensificaran su potencia sexual.
Sentíame yo como un dios de la antigüedad clásica dispuesto, como el mejor de los libertinos, a dar licencia a mis instintos lujuriosos y caer en el mayor de los desenfrenos o por lo menos a emular a Hipócrates y llegar a los 109 años gracias a la miel y el vino.
Pasé unos días con Camila en los que me sentí como en la bíblica Tierra Prometida en la que corrían la miel y la leche. Durante ese tiempo no sólo subsistí de miel pura sino que la abuela de mi anfitriona, mujer de buena mano para los fogones, la añadía en salsas y estofados. Recuerdo una dorada salsa de miel de romero que magnificó un asado de tierno cabrito y un jamón de las francesas Landas que la vieja untaba con miel de castaño. Pasé unos días con Camila en los que me sentí como en la bíblica Tierra Prometida en la que corrían la miel y la leche. Durante ese tiempo no sólo subsistí de miel pura sino que la abuela de mi anfitriona, mujer de buena mano para los fogones, la añadía en salsas y estofados. Recuerdo una dorada salsa de miel de romero que magnificó un asado de tierno cabrito y un jamón de las francesas Landas que la vieja untaba con miel de castaño.






Manuel Julbe
A fuego lento
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miércoles, 15 de octubre de 2008


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Buñuelos de luna llena



Las noches de luna llena, Salvadora se pasaba horas y horas, hasta el amanecer, friendo buñuelos. Lo curioso del caso es que, cuando yo los abría mientras contemplaba aquel insólito espectáculo, desprendían una lucecita que iluminaba toda la estancia.

A los pocos días de convivir con ella me maravilló verla con un camisón transparente trasteando en la cocina a altas horas de la noche. Casi sonámbula batía en un enorme cuenco un mejunje amarillento bajo el luminoso rayo de luna que se colaba, plateado, a través de un ventanuco, mientras susurraba con cierta musicalidad unas frases en una lengua que a mí me era completamente desconocida; al mismo tiempo, en un perol estañado humeaba una gran cantidad de aceite.
Salvadora, con los dedos como pequeñas pinzas, iba arrancando pellizcos de masa que se inflaban y burbujeaban en contacto con el líquido a medida que los depositaba con delicadeza en aquel mar dorado que chisporroteaba pidiendo su parte. El toque final, el azúcar que, como fino granizo, caía en la esponjosa y redonda superficie de aquellos esplendorosos y perlados fritos de cocina.

Al despertar, y con los ojos cansinos, la muchacha se sorprendía ante la enorme bandeja de áureos y todavía crujientes buñuelos.
Con un espeso y humeante tazón de chocolate, dábamos buena cuenta de al menos dos docenas de aquellos dulces que nos sabían a gloria. A medida que comíamos los pastelillos, los ojos de Salvadora adquirían un brillo especial que me tenía hechizado. A lo largo del día, fuera donde fuese, me asaltaba la imagen de aquella mujer: percibía con rara claridad sus erectos pezones a través de la sutil tela transparente de su camisón, casi podía tocar la ondulante forma de sus caderas y sentir la firmeza de sus nalgas. Mi visión terminaba con una explosión de pequeñas chispas argentadas que me devolvían a la realidad cotidiana.

(...)

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