Tenía todo el cuerpo tatuado, pero sus tatuajes no tenían nada que ver con los que se hacen en cualquier taller de Amsterdam o de Malibú. En la piel de Morea se encontraba reflejada toda la historia de la culinaria, desde el Renacimiento hasta nuestros días . Y todo por el capricho de sus madre, Madame Ninette, hija del ebajador francés itinerante, a la que encantaba la cocina. La señora se enamoró perdidamente de un tatuador de las Islas Salóm , al que convenció para que la epidermis de la chica fuera además de un reclamo de la habilidad del padre, un compendio gráfico del arte de los fogones.
Lo interesante del caso es que , a medida que fue creciendo, Morea asumió su colorido cuerpo hasta el punto de que , tras aprender las mañas de su progenitor, ella misma fue tatuándose las partes del cuerpo que le quedaban libres con las recientes creaciones de los grandes cocineros. De Bocuse llevaba con orgullo en el lóbulo de su oreja izquierda la representación de la famosa "Sopa Elyseé", mientras que en el otro, con vívidos colores, resaltaba un pastel de verduras de Luis Irízar. Un diminuto plato de erizos gratinados se posaba en la yema del pulgar de su mano izquierda, mientras que en el resto se representaba una cascada de langostinos; un panal de miel de mazapán, con abejas cuyas alas eran de almendras, y una lira de azúcar rosado con las cuerdas de hilo de caramelo que había creado Carême, se mostraban en la palma de la mano.
Morea se ganaba la vida exibiéndose en los más famosos museos de arte contemporáneo, y admitiendo las firmas de los cocineros que querían representar sus últimas creaciones en el cuerpo de la muchacha.
Una noche, tras haberle grabado en un tobillo una esplendorosa gallina de Bresse en vejiga, de Jacques PIc, que el francés nos sirvió en su restaurante de Valence, Morea se empeñó en que participase en un banquete imaginario admirando sus más secretos tatuajes. Ante mis anhelantes ojos aparecieon dos enormes y magníficas serpientes de mazapán con sus frutas escarchadas que rodeaban sus turgentes pechos, y cuyas cascabeleras colas culminaban en el rojo cereza de sus pezones; el ombligo era la guinda cardenalicia de una tarta glaseada al ron, y un palmo más abajo, una bandeja de húmedas ostras rezumaba gotas de un salino líquido elemento que se perdían en su monte de Venus.
No sé si fue debido a la gallina de Bresse o a los cromáticos tatuajes de Morea, pero les aseguro que aquella noche tuve pesadillas.
Manuel Julbe
De sabores y amores





