domingo, 6 de septiembre de 2009

Retrato de una londinense

Imagen: Walter Dendy Sadler



Retrato de una londinense
(fragmento)



Quien no conozca a un auténtco cockney, quien no pueda alejarse de las tiendas y los teatros para torcer por una callejuela lateral y llamar a la puerta de una casa particular, no puede jactarse de conocer Londres.
En Londres, las casas particulares tienden a parecerse como gotas de agua. La puerta principal se abre a un recibidor penumbroso del que parte una angosta escalera. La puerta del rellano conduce a un espacioso salón con sendos sofás a cada lado de la chimenea encendida, seis sillones y tres ventanas alargadas que dan a la calle. Con frecuencia, lo que sucede en la mitad posterior del salón, que tiene vistas a los jardines de otras casas, da pie a numerosas conjeturas. Sin embargo, lo que nos interesa es la zona delantera del salón, pues la señora Crowe siempre se sentaba en un sillón junto al fuego; allí era donde transcurría su vida; allí era donde servía el té.(..)

Llevaba sesenta años allí sentada, junto al fuego en invierno y junto a la ventana en verano, pero nunca sola. Siempre se veía a algún visitante sentado en el sillón de enfrente. Y apenas transcurridos diez minutos desde la llegada de la primera visita, la puerta del salón volvía a abrirse y María , la doncella de ojos saltones y dientes prominentes, que llevaba sesenta años abriendo la puerta, anunciaba la llegada de una segunda visita, luego una tercera y más tarde una cuarta.
Nunca se la veía a solas con un visitante; le desagradaba encontrarse a solas con una persona; la falta de amistades íntimas era una peculiaridad que compartía con numerosas anfitrionas. Por ejemplo , en el rincón, junto a la vitrina, siempre se sentaba un anciano que parecía formar parte tan integrante de aquel magnífico mueble del siglo XVIII , como las patas de latón. Pero a su constante presencia, la Señora Crowe siempre se dirigía a él como señor Graham, jamás John ni William, si bien en ocasiones lo llamaba “querido señor Graham”, como queriendo subrayar el hecho de que lo conocía hacía sesenta años.
Lo cierto es que no buscaba intimidad, sino conversación. La intimidad tiende a engendrar silencio, y la señora Crowe detestaba el silencio . Necesitaba sentirse rodeada de una conversación amplia y general. No debía ser demasiado profunda ni demasiado ingeniosa, pues si se adentraba excesivamente en cualquiera de aquellos derroteros, sin lugar a dudas alguien se sentiría excluído y acabaría sentado con su taza de té sin decir esta boca es mía.

Por ello el salón de la señora Crowe guardaba escasa relación con los famosos salones de los autores de memorias. Con frecuencia acudían a él personas de gran inteligencia, tales como jueces, médicos, diputados, escritores, músicos, viajeros, jugadores de polo y también gentes insignificantes, pero cualquier observación brillante se consideraba más bien un error de etiqueta, un accidente del que se hacía caso omiso, como si de un acceso de estornudos o una catástrofe con los pastelillos se tratara. La charla que la señora Crowe prefería y alentaba constituía una versión refinada de los chismes del pueblo. El pueblo era Londres, y los chismes giraban en torno a la vida londinense .

Así pues , ser recibido en casa de la señora Crowe equivalía a convertirse en miembro de un club, y la cuota de suscripción ascendía al pago de una cantidad determinada de chismes al año.



Virginia Woolf
Londres

12 comentarios:

Elvira dijo...

¡Qué bien escrito! Chapeau!

"La intimidad tiende a engendrar silencio.." Muy cierto. No creo que me hubiese gustado formar parte de ese club (los chismes no me van demasiado, ni siquiera los refinados), pero verlo una tarde habría estado bien, como curiosidad.

Besos ^_^

mojadopapel dijo...

Prefiero un silencio intimo que tenga mucho que decir. No creés?.

fandestéphane dijo...

Por esa cuota anual me apunto al club de la sra. Crowe.

Femmmmmmmmmmmmmmme, me vienen recuerdos de cuando yo era pequeño y mis padres y otras personas mayores, asistían cada domingo por la tarde, a la casa de la sra. Rosita y tomaban (según la época del año) café o refrescos. Y aparte de los chismorreos obligados, jugaban al ajedrez y a la canasta. Yo les acompañé (obligado) muchas tardes, y no te puedes figurar lo larguísimas que se me hacían. La broma duró 7 años, hasta que cumplí los 14 más o menos, pero ellos siguieron todos los domingos por la tarde hasta que se murió la anfitriona.
Y creo que no había intimidad, y sí cumplidos y mucha conversación. Un coñazo vaya. Lo único bueno que recuerdo, es el haber aprendido a jugar al ajedrez muy bien.

Y ya han pasado más de 40 años...

Un beso

Doña Umé dijo...

Cada vez más, el silencio, se está convirtiendo en un lujo para los que sabemos apreciarlo y disfrutarlo.
Hay lugares, en los que el SILENCIO, "se oye", se palpa. Y, no hay cosa mas relajante, y más gratificante.
Desafortunadamente, cada vez, se valora menos, o nada.
Esta sensación, la percibo continuamente.
Un abrazo.

Montse dijo...

No me apuntaría a ese club por nada del mundo!!
Detesto los chismorreos y cotilleos, prefiero más la conversación e incluso el silencio de la intimidad.
Opino como Doña Umé, que el silencio es un lujo mal entendido.

Un besote!!

La luna dijo...

Me encanta la literatura descriptiva.
Me chifla Virginia.
Esa estampa londinesa es maravillosa.

Me encantaría poder abrir una puerta de esas y oirlas hablar.

un abrazo a todos

femme d chocolat dijo...

^_^

Virginia Woolf me encanta ( más en sus relatos cortos que en novela, pero me encanta igualmente) Sí la sociedad victoriana de la éopca debía tener mucha miga para ver.

Un besote, Elvira

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Pues sí, mojadopapel. Sea silencio o no, lo importante es que haya algo que comunicar.

Un abrazo ^_^
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Guay, fandestéphane.
Pues son entrañables ese tipo de recuerdos, cuando somos críos nos parecen un plomazo, pero después se recuerdan con agrado. Yo no tengo algo parecido, pero sin embargo recuerdo encantada las porquísimas veces que mi abuelo me enseñó a jugar a las cartas. Ahora me hubiera gustado disfrutarlo más; conocerlo más. Debería mos nacer al revés; con pleno conocimiento para disfrutar de las gentes que nos tocan "en suerte", y volvernos más bobos y desmemoriados a medida que pasa el tiempo. Sería una buena forma de no andar siempre echando de menos otros tiempos.

En fin...

Bueno, si te sirvió para aprender a jugar bien al ajedrez ya es buena cosa. Yo no sé, supe un poco, pero lo he olvidado por completo.

un beso
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A mí el silencio me abruma, doña Umé, me produce claustrofobia. Pocas veces en mi vida sentí algo más espantoso que una vez en Villafranca ( un pueblo navarro) donde a las 5 de la tarde no se oía absolutamente nada, ni correr el viento. Era mismamente como estar bajo una campana de cristal, hermética, en pleno campo. Me entró una claustrofobia total, una sensación de ahogamiento... y al final , como defensa , mi cuerpo optó por hacerme pitar los oídos. ¡ Lo cual fue una salvación, imagínate! Una sensación muy desagradable, no se oía ni la vibración de una hebra de hierba. Yo, que por aquel entonces andaba cuestionándome vivir en el campo, me di cuenta para siempre de lo completamente de asfalto que soy, necesito saber que bajo a la calle y hay gente y ruido, y comercios. El campo: en mi casa ( que es como está), pero eso sí, un chalet-ático, desde el que veo toda la ciudad y oigo a todas las gentes.

No, no puedo con el silencio . Necesito constatar que la vida sigue alrededor.

un beso
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femme d chocolat dijo...

A mí tampoco me van nada los chismes, Montse; es más, tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no quedar como una grosera cuando en conversaciones me cuentan de alguien, porque es que a veces ni recuerdo de quien me hablan, y peor, me doy media vuelta y se me olvida lo que me acaban de contar. Tremendo . (sólo con gentes que no me importan, eh????)

Un besote

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La verdad es que Virginia es una maestra en ese sentido. Pocas descripcines como las de ella. Si tienes oportunidad trata de encontrar el libro , te gustará, es muy delgadito, pero una visión de Londres fantástica, y como sólo la podía tener ella.

Un beso, La luna

Elvira dijo...

Pues yo no sé lo que daría por volver a escuchar el silencio. A mí me empezaron los pitidos en los oídos hace casi 10 años y ya no se fueron nunca más. Besos

jorge dijo...

Una gozada, como siempre, leer a la Woolf.

No me gustan los chismes, nada los chismosos.

Me encantan las conversaciones que fluyen libres (ojoaojo o por internet o telefono).

Las prefiero de dos, si son mas de 4/5 pierden magia.

el Kontra dijo...

Fantástica Virginia Woolf, en ocasiones siento que no ha tenido los reconocimientos suficientes, gracias por compartir Femme. Besos

Femme d chocolat dijo...

Vaya, Elvira, eso es peor, sí .
No me refería a eso cuando dije lo de los pitidos, claro, era simbólico y momentáneo en aquel caso, para mí fue un alivio empezar a oir algo. POr el contrario, sé de personas que padecen "pitidos" y lo pasan verdaderamente mal.

Espero que no sea tu caso.

Un beso enorme, bonita
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Estoy de acuerdo, Kontra. Yo también pienso que no ha sido suficientemente reconocida. Y eso que ahora parece que les está dando por desempolvarla ( al menos aquí en España, reeditando, y sacando libros acerca de ella o su esposo Leonard Woolf, o incluso ese de Londres , que estaba sin editar) Pero hasta hace poco, si querías leer ciertos libros -los ciuentos por ej,- tenías que sacarlos de la biblio y sacanearlos, para despues encuadernar. Que es lo que hice yo. Eran imposibles de conseguir. Afortunadamente ahora ya no es así.
Mejor!

Un abrazote. Me alegra tenerte de vuelta