martes, 9 de diciembre de 2008

Un recuerdo navideño

Imagen: Carolyn Bucha



( fragmento)

Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace mas de veinte años . Pensad en la cocina de una viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos. Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó . Es pequeña y vivaz, como una gallina; pero tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos , y con unos ojos de color jerez y expresión tímida. -¡Vaya por dios- exclama, y su aliento empaña el cristal - ¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!. La persona con la que habla soy yo. Tengo siete años; ella sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos y hemos vivido juntos desde que tengo memoria. También viven otras personas en la casa, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia . Cada uno de nosotros es el mejor amigo del otro. Ella me llama buddy, en recuerdo de un amigo que antiguamente había sido su mejor amigo. El otro Buddy murió en los años ochenta del siglo pasado, de pequeño. Ella sigue siendo pequeña .
Siempre ocurre lo mismo: llega cierta mañana de noviembre, y mi amiga , como si inaugurase oficialmente esa temporada navideña anual que le dispara la imaginación y aviva el fuego de su corazón , anuncia:-¡Ha llegado la temporada de las tartas! Vete a por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero .
Y aparece el sombrero , que es de paja, bajo de copa y de ala ancha con una cinta de rosas de terciopelo marchitadas por la intemperie.
Guiamos juntos el carricoche, un desvencijado cochecito de niño, por el jardín . El cochecito es mío; es decir que me lo compraron cuando nací. Es de mimbre, y está bastante destrenzado, y sus ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un objeto fiel: en primavera lo llevamos al bosque para llenarlo de flores que decoren la entrada, en verano, amontonamos en él toda clase de parafernalia de las meriendas campestres, junto con las cañas de pescar, y bajamos hasta la orilla de algún riachuelo , y en invierno es la camioneta en la que trasladamos la leña y le sirve de cálida cama a Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca.
Al cabo de tres horas nos encontramos de nuevo en la cocina, descascarillando una carretada de pacanas que el viento ha hecho caer de los árboles.¡Caaracrac!. Un alegre crujido, fragmentos de truenos en miniatura resuenan al partir las cáscaras mientras en la jarra de leche sigue creciendo el dorado montón de dulce y aceitosa fruta marfileña.
La cocina va oscureciéndose. El crepúsculo transforma la ventana en un espejo: nuestros reflejos se entremezclan con la luna ascendente mientras seguimos trabajando junto a la chimenea a la luz del hogar.
Por fin , cuando la luna ya está muy alta, echamos las últimas cáscaras al fuego y , suspirando al unísono, observamos como van prendiendo. El carricoche está vacio; la jarra , llena hasta el borde .




Truman Capote
Un recuerdo navideño

3 comentarios:

carmensabes dijo...

Entrañable femme...muy bonita entrada,para estar junto al fuego recreándome un buén rato.Gracias

Un abrazo enorme

Miguel Angel dijo...

Si dan ganas de tomar un chocolate calentito.
Por cierto lo de las puestas de sol son a diario, cuando todo se da y puedo hacerlas, pero las que ves son del dia viene en el titulo, asi todos podemos disfrutar del atardecer.
Un beso y gracias
MA

jorge dijo...

Bellisimo texto de Truman Capote.

Y me gusta mucho la imagen que le acompaña.